Marta estaba sentada delante del televisor. Miraba el
aparato sin verlo, con su mente adormilada. No se percató de su distracción hasta
que un sonido agudo la sacó de su ensueño. Se levantó tambaleante, se sacudió
de su modorra y se dirigió con paso rápido hacia el teléfono.
Al levantar el auricular y saludar hasta el entonces
desconocido interlocutor, escuchó una voz familiar que terminó por devolverla
completamente a la realidad. Era Dora. Eran amigas desde la adolescencia,
cuando ambas concurrían con su impecable y almidonado uniforme al colegio de
las monjas. Cada vez que se reunían, una anécdota nueva sobre el martirio
sufrido durante sus años de educación siempre se hacía presente.
- ¡Marta! No sabés lo que me pasó, esta mañana fui al
supermercado y cuando venía caminando hacia mi casa, ¿a quién me encuentro?
- ¿A quién encontraste? – Preguntó Marta sin mucho interés.
Ya conocía la respuesta.
- No, no. Mejor te lo cuento esta tarde, porque no te quiero
robar demasiado tiempo. ¿Vas, cierto? – indagó.
Todos los que conocían mínimamente a Dora sabían. Nunca daba
una respuesta concreta, era amante del misterio y disfrutaba que le rogaran por
sus palabras. Marta le confirmó su
asistencia al encuentro de esa tarde, y se despidió de su amiga. Como cada jueves,
tal como hacían desde hace 10 años, se reunían por la tarde en el bar Las
Camelias. Dora, Juana, Ofelia y Marta aprovechaban el breve encuentro semanal en
la calidez de esa antigua esquina para ponerse al día, aunque jamás tuviesen demasiado
para contar.
Volvió a colocar el auricular en su lugar y se dirigió hacia
la cocina para revolver una olla humeante. Despedía un aroma exquisito que se
abría paso a través de la cocina hacia la ventana que daba al balcón, entraba
en la ventana contigua y hacía agua la boca de su joven vecino que, como le
había confesado en un breve saludo en las escaleras, debía conformarse con
descongelar comida por su incapacidad para cocinar. Luego de verificar que todo
marchaba bien, dio media vuelta y caminó de vuelta hacia su sillón, donde se
sentaba a esperar a Antonio.
Marta tenía 59 años. Llevaba 30 años casada con Antonio y
tenían dos hijos en común. Luciano, de 27, y Laura, quién hacía una semana
había cumplido 24 años. Los dos descendientes ya habían abandonado el nido paterno,
dejando a sus padres con una soledad desdichada. Era
imposible decir que Marta y Antonio no se amaran. Cualquiera que los viera juntos podía notar el
brillo de sus ojos cuando se miraban, aún sintiendo el mismo amor que los había
unido más de treinta años antes.
Antonio siempre había sido un hombre atento, inteligente y
educado. Con su galantería había conquistado el corazón de la joven Marta, a
quien conoció el mismo día en que aprobó la última materia de su carrera. Y desde entonces habían sido sumamente felices juntos. El éxito de
Antonio como abogado penalista les había dado siempre un buen pasar económico y
le había permitido a Marta criar a sus hijos con tranquilidad. Pero ahora, en
sus tardes solitarias sin hijos a los que cuidar, se lamentaba. Solía inventarse
profesiones y trataba de imaginar cuán distinta sería su vida según el camino
que hubiera elegido. Lo hacía durante unos minutos, hasta que se decía a sí
misma que no tenía de qué quejarse y espantaba los pensamientos.
Se sentía especialmente desconcertada ese día. Había pasado
toda la mañana esperando noticias de su hijo que había volado a España el día
anterior, pero cuando el teléfono sonó no escuchó la voz de Luciano, sino la de
Antonio avisándole que le había surgido un contratiempo y no iba a ir a
almorzar. De modo que salió hacia el bar Las Camelias casi cuatro horas antes. Quedaba
a sólo 8 cuadras de su departamento, pero sintió ganas de caminar, tomar un
poco de aire antes de ir a enterarse de las novedades de sus amigas. Tomó el ascensor
hasta la planta baja y salió del edificio. Giró a la izquierda, caminó 6 cuadras
hasta la calle Pueyrredón y se detuvo en la esquina para decidir hacia dónde
seguir. Cruzó hacia la vereda de
enfrente, dobló a la derecha y siguió caminando hasta el parque. Estar sentada
en un banco en ese lugar, rodeada del verde paisaje, el perfume de las flores y
la paz que le brindaba la naturaleza tranquilizaba su mente. Vio a los niños
jugar y saltar felices de un lado al otro, y deseó que alguno de sus hijos le
diera pronto un nieto con quien poder entretenerse. Pensó que le regalaría gustosa
el resto de su tiempo en esta tierra, y una sonrisita se dibujó en sus labios.
Se levantó, abandonó el parque y caminó unos pocos pasos hasta
un bar cercano a ordenar algo para comer. No tenía ganas de volver a su casa.
Abrió la puerta y la recibió un atento joven que rápidamente la acompañó hasta
una mesa junto a la ventana y le alcanzó un menú. Marta le dio las gracias y se
dispuso a elegir su almuerzo, pero sus ojos no llegaron al menú, se quedaron clavados
fijamente en una mesa ubicada al lado de la ventana que estaba frente a ella. La
cara de Marta cambió por completo, la leve pesadumbre que se distinguía antes
cedió para dar lugar a un gesto de absoluta incredulidad. En la mesa, un caballero de
pelo canoso, seguramente pasando los 70 años, leía el periódico mientras una
taza de café humeaba frente a él. Marta tardó una eternidad en recobrar la
compostura. Miles de imágenes y sensaciones pasaron por su mente. No, no estaba
equivocada. Habían pasado 35 años, pero aquellos ojos eran inconfundibles.
Tenía que ser él.
Sin que pudiera evitarlo, las lágrimas empezaron a recorrer
sus mejillas arrugadas mientras recordaba a aquel muchacho que había marcado su
vida. Aquel dulce joven que tanto la había amado en otro tiempo, que le había
brindado la posibilidad de soñar y la había llevado de la mano a caminar por el
reino de dulzura. Circunstancias desfavorables los habían obligado a separarse en
un doloroso día de noviembre y no habían vuelto a verse desde entonces. Y allí
estaba, sentado a pocos metros de ella, con el pelo canoso y 35 años más, pero
con la misma mirada que le penetraba el alma que ella tanto había adorado.
Amaba a Antonio y le estaba agradecida por haberla hecho
feliz y darle dos hijos maravillosos, pero ahora con ese hombre frente a ella,
ese hombre que había dejado su huella grabada para siempre en su corazón, toda su
vida se derrumbó. Deseó poder volver el tiempo atrás, a ese fatídico día de
noviembre en que una tonta jovencita dejó escapar de sus manos al amor de su
vida para abrazarlo y decirle que juntos iban a poder superar cualquier
adversidad, que despedirse era un error y que no quería vivir sin él. Sacó de
su bolso un pañuelo y se enjuagó las lágrimas. Volvió a mirar al hombre que
seguía enfrascado en la lectura y se preguntó si él también la reconocería. Quería
acercarse a su mesa y abrazarlo, confesarle que en todos esos años no había podido olvidarlo. Pero
no lo hizo. Volvió a secarse las lágrimas, se levantó de su mesa y salió del
bar sin volver la vista atrás.
Nadie vio a Marta ese jueves en el bar Las Camelias. Tampoco
ninguno de los siguientes.
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