lunes, 1 de diciembre de 2014

El corazón nunca olvida (Relato)

Marta estaba sentada delante del televisor. Miraba el aparato sin verlo, con su mente adormilada. No se percató de su distracción hasta que un sonido agudo la sacó de su ensueño. Se levantó tambaleante, se sacudió de su modorra y se dirigió con paso rápido hacia el teléfono.
Al levantar el auricular y saludar hasta el entonces desconocido interlocutor, escuchó una voz familiar que terminó por devolverla completamente a la realidad. Era Dora. Eran amigas desde la adolescencia, cuando ambas concurrían con su impecable y almidonado uniforme al colegio de las monjas. Cada vez que se reunían, una anécdota nueva sobre el martirio sufrido durante sus años de educación siempre se hacía presente.

- ¡Marta! No sabés lo que me pasó, esta mañana fui al supermercado y cuando venía caminando hacia mi casa, ¿a quién me encuentro?
- ¿A quién encontraste? – Preguntó Marta sin mucho interés. Ya conocía la respuesta.
- No, no. Mejor te lo cuento esta tarde, porque no te quiero robar demasiado tiempo. ¿Vas, cierto? – indagó.

Todos los que conocían mínimamente a Dora sabían. Nunca daba una respuesta concreta, era amante del misterio y disfrutaba que le rogaran por sus palabras. Marta  le confirmó su asistencia al encuentro de esa tarde, y se despidió de su amiga. Como cada jueves, tal como hacían desde hace 10 años, se reunían por la tarde en el bar Las Camelias. Dora, Juana, Ofelia y Marta aprovechaban el breve encuentro semanal en la calidez de esa antigua esquina para ponerse al día, aunque jamás tuviesen demasiado para contar.
Volvió a colocar el auricular en su lugar y se dirigió hacia la cocina para revolver una olla humeante. Despedía un aroma exquisito que se abría paso a través de la cocina hacia la ventana que daba al balcón, entraba en la ventana contigua y hacía agua la boca de su joven vecino que, como le había confesado en un breve saludo en las escaleras, debía conformarse con descongelar comida por su incapacidad para cocinar. Luego de verificar que todo marchaba bien, dio media vuelta y caminó de vuelta hacia su sillón, donde se sentaba a esperar a Antonio.

Marta tenía 59 años. Llevaba 30 años casada con Antonio y tenían dos hijos en común. Luciano, de 27, y Laura, quién hacía una semana había cumplido 24 años. Los dos descendientes ya habían abandonado el nido paterno, dejando a sus padres con una soledad desdichada. Era imposible decir que Marta y Antonio no se amaran. Cualquiera que los viera juntos podía notar el brillo de sus ojos cuando se miraban, aún sintiendo el mismo amor que los había unido más de treinta años antes.
Antonio siempre había sido un hombre atento, inteligente y educado. Con su galantería había conquistado el corazón de la joven Marta, a quien conoció el mismo día en que aprobó la última materia de su carrera. Y desde entonces habían sido sumamente felices juntos. El éxito de Antonio como abogado penalista les había dado siempre un buen pasar económico y le había permitido a Marta criar a sus hijos con tranquilidad. Pero ahora, en sus tardes solitarias sin hijos a los que cuidar, se lamentaba. Solía inventarse profesiones y trataba de imaginar cuán distinta sería su vida según el camino que hubiera elegido. Lo hacía durante unos minutos, hasta que se decía a sí misma que no tenía de qué quejarse y espantaba los pensamientos.

Se sentía especialmente desconcertada ese día. Había pasado toda la mañana esperando noticias de su hijo que había volado a España el día anterior, pero cuando el teléfono sonó no escuchó la voz de Luciano, sino la de Antonio avisándole que le había surgido un contratiempo y no iba a ir a almorzar. De modo que salió hacia el bar Las Camelias casi cuatro horas antes. Quedaba a sólo 8 cuadras de su departamento, pero sintió ganas de caminar, tomar un poco de aire antes de ir a enterarse de las novedades de sus amigas. Tomó el ascensor hasta la planta baja y salió del edificio. Giró a la izquierda, caminó 6 cuadras hasta la calle Pueyrredón y se detuvo en la esquina para decidir hacia dónde seguir.  Cruzó hacia la vereda de enfrente, dobló a la derecha y siguió caminando hasta el parque. Estar sentada en un banco en ese lugar, rodeada del verde paisaje, el perfume de las flores y la paz que le brindaba la naturaleza tranquilizaba su mente. Vio a los niños jugar y saltar felices de un lado al otro, y deseó que alguno de sus hijos le diera pronto un nieto con quien poder entretenerse. Pensó que le regalaría gustosa el resto de su tiempo en esta tierra, y una sonrisita se dibujó en sus labios.
Se levantó, abandonó el parque y caminó unos pocos pasos hasta un bar cercano a ordenar algo para comer. No tenía ganas de volver a su casa. Abrió la puerta y la recibió un atento joven que rápidamente la acompañó hasta una mesa junto a la ventana y le alcanzó un menú. Marta le dio las gracias y se dispuso a elegir su almuerzo, pero sus ojos no llegaron al menú, se quedaron clavados fijamente en una mesa ubicada al lado de la ventana que estaba frente a ella. La cara de Marta cambió por completo, la leve pesadumbre que se distinguía antes cedió para dar lugar a un gesto de absoluta incredulidad. En la mesa, un caballero de pelo canoso, seguramente pasando los 70 años, leía el periódico mientras una taza de café humeaba frente a él. Marta tardó una eternidad en recobrar la compostura. Miles de imágenes y sensaciones pasaron por su mente. No, no estaba equivocada. Habían pasado 35 años, pero aquellos ojos eran inconfundibles. Tenía que ser él.

Sin que pudiera evitarlo, las lágrimas empezaron a recorrer sus mejillas arrugadas mientras recordaba a aquel muchacho que había marcado su vida. Aquel dulce joven que tanto la había amado en otro tiempo, que le había brindado la posibilidad de soñar y la había llevado de la mano a caminar por el reino de dulzura. Circunstancias desfavorables los habían obligado a separarse en un doloroso día de noviembre y no habían vuelto a verse desde entonces. Y allí estaba, sentado a pocos metros de ella, con el pelo canoso y 35 años más, pero con la misma mirada que le penetraba el alma que ella tanto había adorado.
Amaba a Antonio y le estaba agradecida por haberla hecho feliz y darle dos hijos maravillosos, pero ahora con ese hombre frente a ella, ese hombre que había dejado su huella grabada para siempre en su corazón, toda su vida se derrumbó. Deseó poder volver el tiempo atrás, a ese fatídico día de noviembre en que una tonta jovencita dejó escapar de sus manos al amor de su vida para abrazarlo y decirle que juntos iban a poder superar cualquier adversidad, que despedirse era un error y que no quería vivir sin él. Sacó de su bolso un pañuelo y se enjuagó las lágrimas. Volvió a mirar al hombre que seguía enfrascado en la lectura y se preguntó si él también la reconocería. Quería acercarse a su mesa y abrazarlo, confesarle que en todos esos años no había podido olvidarlo. Pero no lo hizo. Volvió a secarse las lágrimas, se levantó de su mesa y salió del bar sin volver la vista atrás.

Nadie vio a Marta ese jueves en el bar Las Camelias. Tampoco ninguno de los siguientes.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Infidelidad, amor y deseo

Desde que nacemos nos vemos envueltos en la mentira del matrimonio, la fidelidad y el amor para toda la vida. Pero hay muchas cosas que nadie nos dice... quisiera poder decirles que es por simple omisión, pero no. La mayoría de la gente se niega a aceptar esta realidad.

En algún momento en los inicios de la historia existió una persona bastante normal. Estaba sentada en su casa, muy aburrida y de pronto se le ocurrió escribir una fantástica novela. Con la mente divagando en su momentum literariamente inspirado, relató la vida en un mundo en que Dioses iracundos se divertían castigando a los humanos. Uno de sus castigos favoritos, era hacer que un hombre se uniera con una mujer. Desde ese momento, ambos se veían obligados a permanecer juntos por toda la eternidad, en la salud y la enfermedad, en la vida y en la muerte.
Sí, obviamente acabo de inventar todo eso, pero bien podría haber sucedido. Nuestros padres, abuelos y demás crecieron escuchando ese mismo cuento. Se enamoraron, fueron felices en el maravilloso mundo rosa del enamoramiento y, cuando finalmente cayeron en la realidad, no podían librarse. Tengamos en cuenta el contexto. Hasta hace muy pocos años, divorciarse era casi un suicidio social. A falta de internet, la gente disfrutaba apedreando verbalmente a los demás. Ni hablemos de la iniquidad entre el hombre y la mujer. Si una mujer decidía, a pesar de todo, separarse, no sólo no tenía dinero para arreglárselas por su cuenta, sino que tampoco podía conseguir trabajo (¡quién emplearía a una divorciada, Dios mío!) y en la mayoría de los casos ni siquiera tenía estudios. La única opción era ajo y agua
Pero los tiempos cambiaron, las mujeres salimos de la sombra y la gente empezó a divorciarse más y casarse menos. ¿Casualidad? No... sucedió que los hombres ya no sienten culpa y las mujeres ya no sienten miedo. Y la sociedad no rompe tanto las pelotas.


Pero, ¿existe el amor? ¿Por qué los matrimonios no duran?

En psicología lo llaman "metonimia del deseo". Dicho de español, es imposible satisfacer el deseo de una vez y para siempre, porque cuando logramos lo deseado, inmediatamente deseamos otra cosa. Los seres humanos vivimos motivados por el deseo (imaginen en qué grado que hasta podríamos asegurar que es el motor de la existencia).
El deseo entra en juego en el enamoramiento inicial. Deseamos con todas nuestras ganas estar con ese hombre o esa mujer. De pronto sentimos que nos falta el aire cuando no está, e imaginar nuestras vidas sin esa persona se nos hace impensable. Y sí, es maravilloso y nos hace sentir maravillosamente, tanto que a veces decidimos casarnos. Pero el tiempo pasa, estemos o no casados. Y el deseo que nos llevó a casarnos, más tarde o más temprano, inevitablemente se va a satisfacer... y tendremos que buscar otro objeto de deseo. Y entonces aparece el dilema: ¿ser fiel o no ser? 
A pesar de que no podemos controlar nuestro deseo, sí nos es posible controlar nuestros actos. Es decir, al momento de ver una persona que nos revoluciona la libido tenemos (gracias a que somos seres racionales) la posibilidad de elegir entre dejar pasar la tentación o entregarnos al placer con esa persona. El problema radica en que, si elegimos volver a casa, nuestro deseo de acostarnos con otro va a seguir existiendo, y encima vamos a tener la frustración por no haber podido satisfacerlo cuando se presentó la oportunidad. Esto nos ocurre tanto a hombre como a mujeres. Algunos lo aceptamos y reconocemos, otros jamás lo manifiestan, ni siquiera en su pensamiento. 
Dados los hechos, creo que no hace falta decir porqué los matrimonios gobernados por los celos y la inseguridad, en que las personas no pueden ser sinceras una con la otra por temor a no ser comprendidos e iniciar una innecesaria y desgastante discusión no duran demasiado. Tarde o temprano, alguno de los dos se cansa del esfuerzo que le provoca reprimir el deseo y vivir frustrado, y sucumbe a él.

Uno de esos tipos que escriben libros chotos de autoayuda escribió un artículo que circula en las redes sociales que, si mal no recuerdo, se titulaba "Búscate un amante", o algo así. Según el texto, un amante es lo que ocupa nuestro pensamiento antes de dormir y que, a veces, no nos deja dormir. Y, obviamente, podemos encontrarlo en nuestra pareja, en otra persona, en la literatura, la música, etcétera.
Pero la frase que me quedó grabada de ese artículo decía: 

"Amante es alguien, o algo, que nos pone de novios con la vida y nos aparta del triste destino de durar".

¿Y qué es durar? Es tener miedo a vivir, postergar nuestro disfrute de la vida con la excusa de que "ahora no es el momento". Lo trágico no es morir. Lo trágico es no animarse a vivir.

Así que, ya saben... búsquense un amante, sean amantes y protagonistas... de la vida ;)

viernes, 26 de septiembre de 2014

Las mentiras de la maternidad

Después de leer este post me dieron ganas de escribir y exhumé a mi viejo blog. Las entradas anteriores eran demasiado vergonzosas como para dejarlas con vida.

En el artículo hablan de las mentiras que el mundo quiere hacerte creer sobre la noble tarea de ser padres. Además de estar de acuerdo con todas, tengo muchas más para agregar.

Ningún estudio científico va a poder explicar porqué las personas somos tan bastardas como para hacerle creer a otros que se están embarcando en una maravillosa aventura, cuando en realidad sabemos bien que no es así (aunque nos damos cuenta tarde).
"Un hijo te cambia la vida, te vas a sentir más feliz de lo que jamás imaginaste"
La primera parte es cierta. Tener un hijo sí te cambia la vida. La segunda, es una infame mentira y deberías alejar de tu vida a quien te la diga mientras le deseás toda clase de maldiciones.

Hay varias cosas que cambian desde el mismísimo momento en que te enterás que estás esperando un hijo. De pronto todo el mundo está encima tuyo felicitándote y bañándote con bendiciones, que una vez que tu hijo nace se transforman en insultos, críticas y miradas feas cuando no para de llorar en medio del lugar menos oportuno
.
De ser dueña de tu vida, pasás inmediatamente a ser esclava de un amito cruel y explotador. Donde sea que vayas, tenés que cargar sus bolsos, alimentarlo, bañarlo, vestirlo, hamacarlo mientras duerme y hasta humillarte siendo su payaso exclusivo. Encima que no tenés tiempo de arreglarte, empezás a oler a leche cuajada todo el tiempo. El baño es un lujo del que ya no podés disfrutar en paz por, al menos, los 10 meses posteriores al parto.
Empezás a odiar a tu marido. Podés pensar que es porque tenés los nervios sumamente alterados, por los cambios hormonales, porque las pocas horas de sueño te producen malhumor... pero la realidad es que lo odiás por ser TAN INÚTIL.
Sí, no confíes en una madre que diga que jamás tuvo ganas de asesinar a su marido.
Los hombres no sólo no saben preparar una mamadera, cambiar un pañal, o desinfectarle el cordón umbilical. Tienen un bloqueo natural al llanto, que se acentúa durante la madrugada. Pero todo eso no importa, por suerte para el bebé, tiene a su madre. Lo peor viene cuando te das cuenta que no es capaz de mantenerlo sin llorar por más de 10 minutos, y sale corriendo detrás tuyo para que lo alimentes (aunque haya comido hace 15 minutos).
Si las mujeres podemos aprender a ser madres usando nuestro sentido común, esa máxima no corre para la mayoría de los hombres. El instinto paternal no existe, y no quedan dudas de eso.

Pero todo eso pasa, el niño crece, eventualmente deja el pecho y aprende a controlar esfínteres, con suerte hace amigos y deja de estar colgado de tu pierna como un koala. Te sentís exuberante de felicidad, la vida te sonríe y el mundo no podría ser un lugar más bello.

Y entonces empieza el jardín de infantes. Este es el momento en que te cuestionás, te auto juzgás y pensás que sos la peor persona del mundo. Quiero traer algo de tranquilidad a las mamás que, como yo, ODIEN CON TODA SU ALMA a las otras mamás. 
Las ves en la entrada todos los días, felices y sonrientes, peinadas y perfumadas y con mariposas de colores revoloteando a su alrededor.... mientras vos llegás sobre la hora, empujando a tu hijo, con la mochilita a la rastra y puteando porque te olvidaste de guardarle la merienda.
Ni hablar de los 'trabajitos' para hacer en casa. La nota dice claramente "hacer la pecera con lo que tengamos en casa". Llegás del trabajo y te ponés a revolver frenéticamente armarios y roperos buscando una caja, botoncitos, lanas, corchos y temperas resecas para lograr un bellísimo acuario con pececitos de cartón colgando de hilos.
Vas feliz al jardín porque al fin te acordaste de hacer la tarea y... llegás a la puerta. Y ves los trabajitos de los otros nenes. Y entonces empezás a dudar si leíste bien la nota... "decía hacer con lo que tengamos en casa o eso lo agregó mi inconsciente?"
Los nenes con sus "adorables" mamás se pasean felices con sus sonrisitas y abrazos pedorros de despedida con un megamonumento a los acuarios, con peces disecados y peceras reales, ¡¡¡y hasta plantitas y buzos revolviendo cofres de tesoro!!!. Y TU trabajo va a estar expuesto al lado de uno de esos.
En fin... te lo digo en serio, no te preocupes. Es absolutamente normal y sano que las odies con el odio más profundo que te salga. De todas formas, ellas se lo buscan.

Pero bueno, la vida de una madre no está siempre gobernada por un nubarrón gris. Vas a adorar a esos pequeñitos mocosos que ensucian tus pantalones y te complican la vida laboral cuando se enferman. Es un amor tan inmenso e incondicional el que vas a sentir que absolutamente todo (sí, incluso sonreírle a las madres bastardas) vale la pena.
Ver sus sonrisas, calmar sus llantos, levantarte mil veces en la madrugada para ver si volvió a subir la temperatura, que no te importe ensuciarte mientras te revolcás en el piso con ellos... eso es ser madre.

Y cada tanto te vas a olvidar te todo eso que pasaste y... ¡vas a querer tener otro!

¡Feliz maternidad a todas! A disfrutar que dejan de necesitarnos muy rápido.